Lengua

Hablemos de nuevo sobre las «almóndigas»

Posted by on Mar 11, 2018 in Lengua, Lingüística

Hace ya tiempo, hablé sobre murciégalos, almóndigas y toballas, pero parece que los lingüistas predicamos en el desierto y que muchos prefieren un prejuicio bien asumido o un bulo por internet difundido por doquier que una realidad. Vaya por delante que me encanta que la lengua sea objeto de conversación. De algún modo, demuestra que apreciamos y valoramos nuestra forma de comunicarnos con los demás.

Hablo de nuevo sobre almóndigas, pero a través del interesantísimo artículo de Lola Pons en El País titulado «Toda la verdad sobre almóndiga». O, mejor, no hablo sobre almóndigas porque Lola Pons lo explica tan acertadamente que lo más recomendable es que leáis el artículo poniéndole en el contexto de los cambios de b/v hacia que han experimentado otras palabras. Para los que andan despistados, respecto a la almóndiga y la RAE, digámoslo de forma telegráfica: sí, es cierto que almóndiga aparece en el DLE. No, no es cierto que la RAE «acaba de» admitir, en un delirio apocalíptico, esta palabra junto con otras palabras «horripilantes» como cocreta (que, por si los amantes de los bulos no lo sabían, no aparece en este diccionario). Y recordemos que, cuando aparece almóndiga en el DLE, podemos comprobar, por un lado, que se remite a la palabra culta albóndiga (la fetén, para los puristas) y que el horror de internet viene con marcas de vulgar y desusada.

Conviene aquí tener en cuenta lo que nos dice Lola Pons sobre un aspecto más general que saca la cosa (y la palabra) de la anécdota para ofrecer un marco de reflexión mucho más necesaria: para que una palabra aparezca en el diccionario no es necesario que sea «la buena», sino que también están registradas las que se usan por otras circunstancias en una determinada zona, en un determinado registro, en un determinado «nivel» de lengua. Como dice la profesora Pons, quitar determinado tipo de palabras no tiene ningún sentido porque estaríamos ignorando que una lengua es heterogénea: «En cierta medida el diccionario es cementerio, es barrio rojo y es descampado: recoge palabras muertas, palabras marcadas como poco apropiadas para según qué contextos y palabras que solo usan una parte de los que hablamos español», dice Pons.

Como nos recuerda la lingüista y colaboradora de prensa Elena Álvarez Mellado en su artículo «El mito de las palabras que no están en la RAE»: «Las palabras no pertenecen a la RAE ni a los diccionarios, pertenecen a los hablantes. Los hablantes crean, producen, inventan palabras, y los diccionarios las recogen. Nunca al revés. Todas las palabras que aparecen hoy en el diccionario fueron acuñadas en algún momento y estuvieron fuera. Aun así, tenemos tan interiorizada la idea de que es el diccionario el que crea la lengua que decimos alegremente que una palabra no existe cuando no la encontramos en el diccionario». Teniendo en cuenta, por cierto, que hay mundos y palabras y diccionarios más allá de la RAE.

Y, como concluye el artículo, sorprende que haya una tendencia social para que el diccionario sea un elemento sancionador de la verdad y la corrección y no un notario de lo que existe en otros lugares y en otros barrios, en otras comunidades. Y, sobre todo, «tanto discutir entre estas dos variantes nos está alejando del asunto principal que España debe dirimir: ¿en qué bar de este país sirven las mejores albóndigas?».

Aprovecho para recomendar la lectura de las colaboraciones en prensa de Lola Pons (en Twitter, @Nosolodeyod) y de Elena Álvarez Mellado (@lirondos en Twitter). Y finalizo con una pequeña apuesta: ¿qué nos jugamos a que muchas de mis amistades en las redes sociales (apuesto 20 a 1 en Facebook) comentan algo sobre almóndigas sin haber leído estas líneas accidentales ni las esenciales de Pons?

(Este artículo aparece inicialmente en ScriptaManent).

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La coma del vocativo. De una vez por todas

Posted by on Mar 7, 2018 in Lengua, Lingüística

Como nos recuerda la OLE10 (la Ortografía de la lengua española de 2010):

“Se llama vocativo a la palabra o grupo de palabras que se refieren al interlocutor y se emplean para llamarlo o dirigirse a él de forma explícita”

Ejemplos:

¿Me escuchas, cariño?

¿Puede atenderme el jueves por la tarde, doctora Fernández?

Hola, Pedro.

Esta situación, queridas compañeras, no se puede mantener durante mucho más tiempo.

Sí, señor.

A sus órdenes, mi comandante.

¿Vas a venir al cine, Montse?

¿Montse, vas a venir al cine?

 

Hace unos días, escribí un tuit a raíz de un vocativo mal empleado en el diario El Mundo:

El error fue corregido al poco tiempo en la edición digital del diario (sin darme siquiera las gracias), pero es un ejemplo claro de que es necesario separar el vocativo por una coma. Obviamente, no es lo mismo «Esther, te toca» que «Esther te toca». Esto no es un capricho, sino una manifestación de algo evidente: como nos recuerda la OLE10, cuando una expresión nominal funciona como vocativo, se pronuncian como átona. En los ejemplos de esta obra, en «Puede irse, capitán Ochoa» se pronuncia [kapitanochóa] (adviértase que en esta obra no se hace una transcripción fonética pura, sino simplificada). Sin embargo, cuando decimos el capitán Ochoa la palabra capitán recupera su tonicidad: [elkapitán ochóa].

En otro lugar de la obra, se nos recuerda que la puntuación segmenta el discurso y ayuda a establecer claramente las funciones gramaticales y las relaciones sintácticas que existen entre ellos. Como en el ejemplo de Twitter, es clara la diferencia entre:

Eugenia escucha con atención.

Eugenia, escucha con atención.

 

Alberto escribe bien.

Alberto, escribe bien.

Por lo tanto, cuando nos dirigimos al interlocutor de forma explícita, es necesario poner una coma. La OLE10 lo afirma de manera tajante: «los vocativos se escriben siempre entre comas, incluso cuando los enunciados son muy breves».

Últimamente, parece que esa coma del vocativo ha desaparecido del mapa. Y no solo en contextos más coloquiales o cotidianos, sino en el mundo académico, tanto en correspondencia por correo electrónico (casi nunca un «Hola, compañero» sino *»Hola compañera) como en contextos escritos aún más formales. El vicio se ha extendido tanto que aparece ya incluso en escritos de corte institucional.

La ortografía es una convención que pertenece a una comunidad y es conveniente que, mientras la norma no cambie, las personas cultas la respeten.

Bibliografía:

Asociación de Academias de la Lengua Española. (2010). Ortografía de la lengua española. Madrid: Espasa-Calpe.

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La ortografía y los actos sociales

Posted by on Dic 15, 2017 in Lengua, Lingüística

Los profesores de Lengua y de Lingüística nos encontramos en una situación incómoda:

Por un lado, como lingüístas, somos muy conscientes de que no existe nada que sea correcto o incorrecto. Nuestra tarea, en este sentido, es descriptiva o, como mucho, explicativa. Y cuando nos llega una variante rara, un fenómeno extraño, una forma peculiar, nos ponemos más contentos que un muchachito cateto cuando le notifican que ha sido seleccionado para Acapulco Shore. Es más, la mayor parte de la población mundial piensa que a lo largo de nuestros estudios universitarios no hemos hecho otra cosa que aprender a distinguir cosas correctas de engendros incorrectos, pero, afortunadamente, nos dedicamos a estudiar cosas más sugerentes o interesantes.

Por otro lado, como profesores de Lengua, nos encontramos en una posición privilegiada para abordar, con perspectiva, cuestiones sobre el uso del lenguaje en sociedad. Y podemos orientar y aconsejar a los demás –y aplicarnos el cuento– para realizar con éxito esa inserción en la sociedad por medio del lenguaje. En una cultura determinada, todos conocemos cuál es el protocolo para presentar a una persona y sabemos, ademas, ajustarlo a una situación determinada: parece obvio, por ejemplo, que no es lo mismo presentar a alguien en un ámbito formal que en un grupo informal de amistades. Las normas en la mesa también nos son de utilidad. Si asistimos a una comida muy protocolaria, nos ayudará sobremanera saber cómo tenemos qué sentarnos y cómo servirnos del utillaje que se encuentra a nuestra disposición. Como no nos gusta que nos pase como a Julia Roberts en Pretty Woman, es agradable y conveniente tener un consejero que nos enseñe qué copa utilizamos para el agua y cuál para el vino tinto, o qué tenedor nos viene bien para la carne y cuál para los entrantes. Asimismo, agradeceremos que nos hayan aconsejado no chupar la pala del pescado o cómo poner los cubiertos en el plato para indicar que hemos terminado o no. Lo absurdo sería pensar que todas las comidas son de postín y que estamos siempre de cena de rechupete con Isabel II en el palacio de Buckingham. Porque sería igual de incoherente estar de chuletada con amigotes (y amigotas) y menospreciar las chuletillas y el chorizo porque no nos han puesto un bajoplato y criticar la presencia de abundantes servilletas de papel, el porrón o los vasos de plástico. Y depende también de si estamos en China o en España para saber si sorber o no la sopa o cómo acercarnos la comida a la boca.

Esta –creo– es el cometido que debe de tener la ortografía en la sociedad. No para mirar por encima del hombro a nadie, no para menospreciar una variante sobre otra, no para formar parte de una élite (o elite 🙂 ). Se trata, por lo tanto, no de que impere el normativismo porque sí, sino que predomine y gane el sentido común. Como en todas las sociedades, tenemos personas apocalípticas e integradas, pro- y antisistema. Hay lingüistas punki y acomodaticios, modernos y de toda la vida. Personas que al oír la palabra RAE sufren de alteraciones del ritmo cardíaco, sudoración y arrobo, y amantes de la pleitesía extrema y de doblar el espinazo ante cualquier cosa porque la diga alguien con autoridad. La cosa, desde luego, es mucho más compleja y tiene más variantes, pero creo que sirve para esquematizar lo que quiero decir.

Es curioso que en esto de la ortografía seamos tan fieles a lo que nos han enseñado desde pequeños que nos negamos a aceptar cualquier cambio, sea o no razonable. La lengua nos la suda, pero nos negamos a admitir que guion no lleve tilde, por lógicas que sean las razones. O que, por fin, se resuelva la incoherencia que suponía que rió llevase tilde cuando río la lleva también. Que se defienda a capa y espada que las mayúsculas no llevan tilde porque algún profesor mal informado lo dijo en su momento. Tengo unos cuantos conocidos apellidados Saiz que se empecinan en poner tilde a su apellido del mismo que tengo a otros tantos próximos apellidados Díez que mantienen a capa y espada que su apellido no lleva tilde. Lo importante, a mi juicio, es tener una base de educación común para saber qué hacer con las palabras y cómo escribirlas. No se trata, como digo, de denigrar al que no lo sabe, sino de que, poco a poco, todos nos podamos sentir cómodos en la escritura, que no es natural en los seres humanos como la palabra hablada y que puede no ser fácil. Como lingüistas, cada uno de nosotros puede ser fonetista, etimologista, encauzador del uso o una evolución o mezcla de todas esas cosas. A la sociedad, eso se la debe traer al pairo. Como profesores de lengua, podemos canalizara algunos conocimientos sencillos que ayuden a las personas cuando se sientan a la mesa del lenguaje escrito.

¿Llevaremos a la cárcel al que encabece un correo electrónico con la fórmula «Estimada colega» y ponga, después, una coma? Está claro que no. ¿Cadena perpetua para el que ponga mayúsculas a la primavera, a los sábados o las mañanas de abril? Ni hablar. ¿Pena de muerte por escribir mal un prefijo o un punto tras un símbolo? Ni de coña. Tomemos la ortografía como un juego de cartas. Expliquemos bien las reglas –que sean pocas y claras, por favor– y, sobre todo, animemos a la gente a jugar. Y también a juzgar y a insubordinarse. La ortografía no tiene que ser un porque sí, sino un algo razonado en su evolución. Pongo un ejemplo de regla absurda en un determinado contexto: nos ponemos a guasapear y, sin emplear ningún emoji, queremos poner la onomatopeya de una carcajada. La ortografía académica nos aconseja separar cada elemento y poner comas (ja, ja, ja, ja). Pero no olvidemos que estamos en el contexto de amigotes y chuletas. Cualquier persona sensata tirará la regla por la ventana y se reirá (jajajajaja). Es certero, eficaz y, sobre todo, rápido y práctico. Eso sí, las comas pueden salvar vidas, como nos recuerda José Antonio Millán en su libro Perdón imposible (nótese la diferencia que hay entre «Perdón imposible, que cumpla condena» y «Perdón, imposible que cumpla su condena»).

Desde hace ya unos años, puede detectarse un declive en el uso de una ortografía ajustada a las normas. Como decía más arriba, no me refiero a personas sin formación, sino a profesionales, profesores incluso, que trabajan con la palabra escrita de forma cotidiana. Lo importante, a nuestro juicio, es conocer las normas elementales de vestir. Y luego, cada cual que se vista como le dé la gana, sabiendo lo que eso representa. Si a nadie se le ocurre acudir a dar una charla a pecho descubierto o a la boda de su hermana en paños menores, estaría bien que supiera cómo puntuar de forma correcta un texto.

Imagen de Jef Safi.

 

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Si quieres triunfar en una discusión, da la razón a tu adversario

Posted by on Sep 18, 2016 in Lengua, Lingüística, Pragmática, Retórica

Respect, by Eric Langley

A menudo, pensamos que dejar noqueado a nuestro «adversario» en un combate dialéctico nos hace ganar la partida. Puede que en algunos casos sea así, pero quizás las heridas cicatricen con el bálsamo de la venganza y la sangre se limpie con un paño de rencor. Por eso, cuando argumentamos  no siempre tenemos que sentirnos ganadores implacables. No es buena elección desde un punta de vista humano (pero ya sabemos que es frecuente que el campo de la comunicación humana no sea un campo lleno de margaritas y que, a veces, hay que tener en cuenta otras cosas). La argumentación tiene una parte de «verdad», que la emparenta con la lógica, pero también posee otra parte decisiva de «estrategia», que procede de la retórica. A fin de cuenta, nuestra comunicación habitual no es ni totalmente verdadera ni falsa por completo.

La pregunta es: ¿se puede ganar haciendo partícipe a tu contrincante de la victoria? La respuesta es: no solo se puede, sino que se debe. Aquí explicaremos cómo:

Cuando alguien objeta algo a una idea que hemos planteado, es muy frecuente que nos defendamos intentando echar por tierra su contraaragumentación. Mala idea. Como hemos apuntado, se sentirá hundido y ofendido, y eso  siempre y cuando hayamos rebatido de una forma convincente. Podría ocurrir que hubiésemos dejado lugar a las entre nuestro auditorio. Podría ocurrir que nuestra ganas de herir hagan que todos se pongan de parte del «débil». Mucho riesgo para poca ganancia. Y, encima, mala conciencia, que a veces procede de matar moscas a cañonazos.

Pero también podemos darle la razón. No esa razón con la que contestamos: «Para ti la perra gorda». Tampoco esa en la que decimos: «Que sí, majo», dándole la razón como los tontos, ya que volveríamos a dejar ese poco amargo del párrafo anterior, con el plus de una prepotencia totalmente impotente.

¿Hemos pensado alguna vez en darle la razón? Sí, fulanito (o fulanita, claro), tienes razón. ¿Qué maravilla, no? En primer lugar, porque nadie suele esperar esa reacción en un debate dialéctico por parte de su contrincante. En segundo lugar (y fundamentalmente), porque esa será una baza casi segura para triunfar. Todavía recuerdo a un exministro en una conferencia en mi ciudad. En el turno de preguntas, el típico pesado se explayó hablando de lo divino y lo humano, con una opinión de lo más peregrina. Entre el auditorio se mezclaban las risas condescendientes, los gritos de protesta, el sentimiento de desasosiego por el trago que tenía que estar pasando el conferenciante. Cuando la persona que preguntaba acabó, todos esperábamos una respuesta agria, una chanza maligna o una negación contundente, pero no. La respuesta fue: «Tiene usted razón». Al protestante lo dejó planchado y a nosotros estupefactos.

Ya sabemos que ahora todos pensaréis que claro, eso es dejar que la victoria caiga del lado contrario, pero no. La retórica clásica tenía un recurso expresivo llamado concessio, que el gran teórico Heinrich Lausberg catalogaba dentro de las figuras frente al asunto como una figura dialéctica. La concessio no es un recurso para perder o para dejar ganar, sino para sacar ventaja psicológica y contraatacar de forma efectiva. Volvamos al caso de nuestro conferenciante, que no se quedó solo en el «Tiene usted razón». Dejó pasar tres segundos –sublimes para crear intriga– para, partiendo de esa concesión, matizar su afirmación con otros datos. En el fondo, tras todo lo que dijo, había demolido gran parte de los argumentos de la persona que preguntaba, pero esa persona no se quedó con esa sensación y el público tampoco. La impresión que dio fue la de una persona cortés, educada y que sabía escuchar de forma constructiva.

Así que pensemos: si utilizamos la concessio, ninguno pierde y uno gana. Así, sin sangre. Combate limpio ganado a los puntos.

Imagen de Eric Langley. A diferencia de la mayor parte de las entradas de este blog, las entradas sobre argumentación, como todas las de este sitio web, están protegidas por derechos de autor. Si quieres utilizarlas, lo mejor es que te pongas en contacto conmigo en el formulario de contacto de la web.

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Los políticos hablan para los niños

Posted by on Mar 18, 2016 in Lengua, Lingüística

Donald Trump

Un reciente estudio de la Universidad de Carnegie Mellon (EE. UU.) concluye que la mayor parte de los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos para las próximas elecciones utiliza un vocabulario y una gramática propios de niños (y niñas, sí) entre 12 y 14 años (en el sistema educativo estadounidense, entre 6º y 8º grado). La palma se la lleva Donald Trump, pero resulta curioso que, en general, el uso del lenguaje por parte de los candidatos se ha ido simplificando a medida que la campaña electoral ha ido avanzando. Entre los récords históricos, los autores del estudio señalan que Lincoln, por el lado bueno, era el que utilizaba una gramática más compleja, esa a la que llegan los estudiantes de 17 años, mientras que George Bush tenía un manejo gramatical propio de estudiantes de 10 años. En lo que respecta al vocabulario, la variación del discursos de Trump o Hillary Clinton sugiere que ambos candidatos han tenido muy presente la adaptación de los discursos a sus oyentes. En lo que a gramática se refiere, la puntuación de los candidatos baja a un nivel educativo de entre 10 y 12 años.

Un estudio de estas características no está exento de dificultades: los autores se han basado en un modelo que realiza un análisis comparativo entre la frecuencia de palabras y construcciones gramaticales propias de cada nivel académico y su uso en los discursos de los candidatos (este análisis comparativo permite conclusiones más certeras con respecto a la palabra hablada que otros estudios anteriores, como el realizado por el Boston Globe).

La Retórica, desde Aristóteles a Perelman, pasando por Cicerón y Quintiliano, ya explicaba que los discursos debían de adaptarse a las circunstancias y, por supuesto, a los oyentes. Sin embargo, no deja de ser preocupante que esta adaptación suponga, desde el punto de vista lingüístico, una infantilización que suena –también– a simplificación. Obviamente, un discurso ante una audiencia nutrida a veces puede verse comprometido si es demasiado complejo en palabras y estructuras, pero hablar a los oyentes como a niños de 12 años no deja de ser alarmante. ¿No es posible lanzar un mensaje eficaz y de más altura? Quizás ese «bajón» deliberado de nivel pueda buscar también otras cosas, ciertamente más peligrosas. Que cada uno saque sus propias conclusiones.

Y, de forma inevitable, todo esto nos lleva a preguntarnos qué ocurriría si se hiciese un estudio similar en nuestro país. Hemos tenido una campaña electoral muy reciente y, si nadie lo remedia, puede que nos encontremos con otra campaña dentro de poco. En el fondo, investigar el léxico y la gramática empleados por nuestros políticos nos conduciría a conocer cómo nos quieren tratar y por quién nos toman.

El estudio que mencionamos, «A Readability Analysis of Campaign Speeches from the 2016 US Presidencial Campaign», es de Elliot Schumacher y Maxine Eskenazi, pertenecientes al «Language Technologies Institute» de la School of Computer Science de la Universidad de Carnegie Mellon, en Estados Unidos. He encontrado y consultado el estudio gracias a esta referencia.

(La imagen es de Gage Skidmore)

Entrada reproducida inicialmente en mi blog VerbaVolant.

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Pero qué mala es la RAE y qué tontos son los académicos, madre mía (sobre almóndigas, murciégalos y toballas)

Posted by on Nov 3, 2015 in Lengua, Lingüística

(Esta entrada ha sido publicada en mi blog personal VerbaVolant. Pese al tono desenfadado, he decidido incluirla también aquí puesto que el tema es perfectamente válido para el debate académico).

He aguantado mucho y creo que no puedo más, así que voy a hablar. Para que no haya ningún malentendido, diré que en muchas ocasiones he sido crítico con el trabajo de la RAE o, mejor dicho, con las estrategias o con las ausencias. Empezando por estas últimas, la tardía y escasa incorporación de las mujeres a los sillones «reales». Y, en cuanto a las primeras, la estrategia económica de inundarnos con versiones de las obras académicas de una manera más forzada que necesaria o una búsqueda de esponsorización que a veces rodea el vasallaje y conduce a un nada deseado clientelismo (además de las molestas publicidades en la página web, algunos materiales digitales de la RAE solo se pueden consultar si eres usuario de un PC con Windows).

Pero una cosa son verdades incuestionables y otra mentiras que, a base de repetirlas, llegan a asentarse como elementos pertinaces del dogma popular. Una de ellas, muy recurrente, es la de que la RAE «acaba de aceptar palabras como…». Ayer mismo, en un informativo de Telecinco, Pedro Piqueras nos hablaba de esas rarísimas palabras y un reportero salía a la calle para que los viandantes, llenos de un caudal de conocimiento lingüístico y preocupados como no había visto en mi vida por el estado de salud de nuestro idioma, se alarmasen de que la Academia acabase por rematarlo.

No voy a extenderme porque sería algo muy muy largo. Y me limito a cuestiones que afectan, aunque no solo, al Diccionario, sin mencionar otras que pertenecen a la Ortografía y la Gramática que dejaremos para otra ocasión.

Los viandantes e informantes se escandalizan de que la Academia acepte murciégalo. ¿Qué horror, verdad? Lástima que la palabra «buena», murciélago, proceda de la espantosa murciégalo. Lástima que en la definición quede muy claro que está en desuso y que pertenece al ámbito vulgar (por lo tanto, no es que «esté bien dicha», es que quienes la profieren están utilizando un arcaísmo o están utilizando un nivel vulgar de lengua). Lástima también que tengamos como referencia de primera aparición en un diccionario que data de 1607 y que aparezca ya en el Diccionario de Autoridades de 1734. Así que eso de que la RAE «acaba de aceptar la palabra suena a «coña».

El escándalo continúa con la extrañísima toballa. Otra vez, la etimología nos explica que esta palabra está más cercana a la etimología tobaja, de la que derivó a toballa y luego a toalla. Es tan nueva como para aparecer en la edición del Diccionario de Autoridades de 1739. Y, además, el Diccionario nos avisa de que es una palabra en desuso. Una barbaridad, oigan. Seguro que nos comen los cocodrilos.

El diccionario de la RAE, es cierto, ha evolucionado de un carácter normativo a convertirse en lo que toda obra lexicográfica seria ha de ser, que es un diccionario de uso. No hay ni una sola palabra que empleen los hablantes de este mundo que no exista (o que exista solo porque lo diga una institución). Las palabras, porque existen, son recogidas en los diccionarios. ¿Qué pasa si un alemán oye a un paisano decir almóndiga y quiere saber lo que significa? Es muy sencillo: va al diccionario académico y aquí se le explica que es una palabra que se dice, que se prefiere albóndiga y que el que diga la primera está expresándose de manera vulgar.

Acabemos con otros dos ejemplos. Casi se nos mueren los sufridos españoles cuando se enteraron de la incorporación de amigovio. Saltaron y mordieron preguntándose quién decía eso… olvidándose que el diccionario no es «nuestro» (es decir, de España), sino que es un diccionario depositario de una lengua común en la que «nosotros» somos una pequeña parte. ¿Quién dice amigovio? Pues nada menos que los argentinos, los mexicanos, los paraguayos y los uruguayos. Así, resumiendo, más de ciento cincuenta millones de mortales, que no es «casi» nada. Para escandalizarse más, diré que también acepta el término marinovio, utilizado en Cuba y en Venezuela.

Hay que ser muy tonto, al parecer, para proponer bluyín. ¿Quién en su sano juicio diría esta palabra si todos sabemos que en castellano puro y duro es «pantalón vaquero»? La RAE nos advierte diciendo que es un americanismo. Y, en cuanto a esa adaptación tan horrenda, parece ser la misma del mismo tipo de la que empleamos cuando decimos yogur, champú o espaguetis. Reto a los sabios ciudadanos a que deletreen las palabras originales. El fenómeno de la adaptación es algo normal y natural en la lengua, al menos así lo pienso. Para el que no se lo crea, tiene aquí un gráfico sacado de la magnífica página de Dirae (saquemos un poco pecho y digamos que es una iniciativa privada e individual, mucho mejor que la académica) sobre el uso de bluyín:

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Y podríamos seguir y seguir y seguir. Pero hay una cosa clara: que todos sabemos mucho pero los académicos no saben de nada de nada, oyes.

Entrada de esas en las que Voy a hablar de.

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