Argumentación: di lo contrario diciendo lo mismo o viceversa… y sal siempre ganado

Posted by on Nov 30, 2016 in Lingüística, Pragmática, Retórica

Hacienda-la-Colora

En nuestra anterior entrada, enseñábamos que un recurso muy útil en las discusiones es dar la razón a tu adversario. Hoy vamos a seguir con una serie de recursos argumentativos útiles en los intercambios verbales hablando de la syncrisis.

La syncrisis es un recurso argumentativo mágico porque tiene un poco de metáfora (o de símil) y un poco de antítesis o, como reza en el título de esta entrada, es un recurso que nos sirve para decir lo contrario diciendo lo mismo o para decir lo mismo diciendo lo contrario. De este modo, con este recurso podemos comparar cosas opuestas o establecer distancias con cosas muy similares.

Vamos a explicarnos:

La syncrisis sirve para comparar conceptos (o personas) opuestos para evaluar su valor relativo. Se establece una comparación o equivalencia aparente entre dos elementos para hacer que uno prevalezca sobre otro. Imaginemos conversaciones como estas:

  1. Mira que eres cabezota.
  2. No, no de cabezota nada. Lo que soy es constante.
  1. Luis es una persona muy constante.
  2. ¿Muy constante? Lo que pasa es que es un cabezota.

El primer caso, va a favor del segundo interlocutor. Desde luego, ser constante no es ni siquiera parecido a ser cabezota, pero B ha logrado establecer una equivalencia a su favor entre cosas opuestas. En el segundo caso, ocurre exactamente lo mismo, pero lo contrario (¿veis, ya hemos hecho otra syncrisis): A alaba a Luis por su constancia, pero B. diferencia, comparando, la presunta constancia de Luis con su cabezonería.

Pongamos más ejemplos:

  1. María tiene una capacidad tremenda para conocer y aprovechar las terapias alternativas.
  2. Con este “dominio” de las terapias alternativas, lo que se demuestra es que María es una iluminada.
  1. Lucas es un zote como la copa de un pino. No pilla ni una indirecta.
  2. Hija, no seas bruta. Digamos que es… limitado.

En el primer ejemplo se juega con conceptos referentes al conocimiento: A piensa que María es una persona con gran capacidad, lo que presupone que es una persona inteligente. Sin embargo, B consigue descalificar las terapias alternativas: esa capacidad, de ser un elemento positivo, se convierte en un elemento negativo que no deja a María en muy buen lugar. En el segundo, se matiza un término demasiado violento y despectivo (zote) sustituyéndolo por un término más comprensivo. Hemos de notar que, en este último caso, dependiendo de la pronunciación, también podemos introducir un tercer elemento: la ironía.

En el cuarto capítulo de la tercera temporada de la serie Halt and Cath Fire se utiliza en un diálogo una syncrisis hablando, precisamente, de otros recursos expresivos:

  1. Es una metáfora.
  2. De hecho, es más una alegoría.
  1. Una alegoría es una metáfora.
  2. Jódete.

Entre A y B, se produce una discusión técnica (aunque, de hecho, dentro del diálogo es solo una pequeña anécdota de corte dialéctico). La posición de dominio argumentativo es para A, pese a la interpelación de B. Tenemos, por lo tanto, dos syncrisis: en la primera, B hace notar la diferencia entre metáfora y alegoría (oposición de sinónimos); en la segunda, A deja claro que, pese a ser dos cosas diferentes, una (la alegoría) se engloba dentro de otra (la metáfora). ¿Quién gana? B, A, sin lugar a dudas.

¿Que un político quiere defender un ataque de su ejército? Pues a la interpelación de “Estamos en una guerra” nos dirá “No es una guerra, es una manera de protegernos contra X” y se quedará tan fresco. ¿Que un terrorista quiere justificar sus acciones? Pues le dirá a un periodista que no hablemos de “acción terrorista”, sino de “conflicto armado”. Por supuesto, se preocupará también de denominar “tregua” al cese de sus acciones. Así utilizará la syncrisis para que todos pensemos que esos términos son sinónimos y que estamos hablando de bandos de un ejército.

En español, tenemos la palabra sincretismo, que tiene el mismo origen. En el DLE ya nos dice que, etimológicamente, significa ‘coalición de dos adversarios contra un tercero’. Los términos, descompuestos, son σύν (‘juntos’, ‘con’) y κρίσις (‘juicio’, ‘crítica’). Por lo tanto, dos cosas que, unidas, sirven para criticar o poner en tela de juicio

Estas entradas tienen un objetivo muy práctico, así que no descenderemos a detalles muy técnicos. Solo comentaremos que, curiosamente, no ha sido muy tratada en el ámbito hispánico, sino que se ha teorizado sobre ella básicamente en el anglosajón. Lo que no deja de ser interesante es cómo, desde un punto de vista semántico, el concepto de sinonimia y de antonimia a veces, aunque parezca una paradoja, están más próximos de lo que parece. O no lo llamemos paradoja; llamémoslo, simplemente, algo que se rige por una lógica… diferente. Y vaya, ya hemos vuelto a la syncrisis

Imagen de Hacienda-la-Colora.

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Si quieres triunfar en una discusión, da la razón a tu adversario

Posted by on Sep 18, 2016 in Lengua, Lingüística, Pragmática, Retórica

Respect, by Eric Langley

A menudo, pensamos que dejar noqueado a nuestro “adversario” en un combate dialéctico nos hace ganar la partida. Puede que en algunos casos sea así, pero quizás las heridas cicatricen con el bálsamo de la venganza y la sangre se limpie con un paño de rencor. Por eso, cuando argumentamos  no siempre tenemos que sentirnos ganadores implacables. No es buena elección desde un punta de vista humano (pero ya sabemos que es frecuente que el campo de la comunicación humana no sea un campo lleno de margaritas y que, a veces, hay que tener en cuenta otras cosas). La argumentación tiene una parte de “verdad”, que la emparenta con la lógica, pero también posee otra parte decisiva de “estrategia”, que procede de la retórica. A fin de cuenta, nuestra comunicación habitual no es ni totalmente verdadera ni falsa por completo.

La pregunta es: ¿se puede ganar haciendo partícipe a tu contrincante de la victoria? La respuesta es: no solo se puede, sino que se debe. Aquí explicaremos cómo:

Cuando alguien objeta algo a una idea que hemos planteado, es muy frecuente que nos defendamos intentando echar por tierra su contraaragumentación. Mala idea. Como hemos apuntado, se sentirá hundido y ofendido, y eso  siempre y cuando hayamos rebatido de una forma convincente. Podría ocurrir que hubiésemos dejado lugar a las entre nuestro auditorio. Podría ocurrir que nuestra ganas de herir hagan que todos se pongan de parte del “débil”. Mucho riesgo para poca ganancia. Y, encima, mala conciencia, que a veces procede de matar moscas a cañonazos.

Pero también podemos darle la razón. No esa razón con la que contestamos: “Para ti la perra gorda”. Tampoco esa en la que decimos: “Que sí, majo”, dándole la razón como los tontos, ya que volveríamos a dejar ese poco amargo del párrafo anterior, con el plus de una prepotencia totalmente impotente.

¿Hemos pensado alguna vez en darle la razón? Sí, fulanito (o fulanita, claro), tienes razón. ¿Qué maravilla, no? En primer lugar, porque nadie suele esperar esa reacción en un debate dialéctico por parte de su contrincante. En segundo lugar (y fundamentalmente), porque esa será una baza casi segura para triunfar. Todavía recuerdo a un exministro en una conferencia en mi ciudad. En el turno de preguntas, el típico pesado se explayó hablando de lo divino y lo humano, con una opinión de lo más peregrina. Entre el auditorio se mezclaban las risas condescendientes, los gritos de protesta, el sentimiento de desasosiego por el trago que tenía que estar pasando el conferenciante. Cuando la persona que preguntaba acabó, todos esperábamos una respuesta agria, una chanza maligna o una negación contundente, pero no. La respuesta fue: “Tiene usted razón”. Al protestante lo dejó planchado y a nosotros estupefactos.

Ya sabemos que ahora todos pensaréis que claro, eso es dejar que la victoria caiga del lado contrario, pero no. La retórica clásica tenía un recurso expresivo llamado concessio, que el gran teórico Heinrich Lausberg catalogaba dentro de las figuras frente al asunto como una figura dialéctica. La concessio no es un recurso para perder o para dejar ganar, sino para sacar ventaja psicológica y contraatacar de forma efectiva. Volvamos al caso de nuestro conferenciante, que no se quedó solo en el “Tiene usted razón”. Dejó pasar tres segundos –sublimes para crear intriga– para, partiendo de esa concesión, matizar su afirmación con otros datos. En el fondo, tras todo lo que dijo, había demolido gran parte de los argumentos de la persona que preguntaba, pero esa persona no se quedó con esa sensación y el público tampoco. La impresión que dio fue la de una persona cortés, educada y que sabía escuchar de forma constructiva.

Así que pensemos: si utilizamos la concessio, ninguno pierde y uno gana. Así, sin sangre. Combate limpio ganado a los puntos.

Imagen de Eric Langley. A diferencia de la mayor parte de las entradas de este blog, las entradas sobre argumentación, como todas las de este sitio web, están protegidas por derechos de autor. Si quieres utilizarlas, lo mejor es que te pongas en contacto conmigo en el formulario de contacto de la web.

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Los políticos hablan para los niños

Posted by on Mar 18, 2016 in Lengua, Lingüística

Donald Trump

Un reciente estudio de la Universidad de Carnegie Mellon (EE. UU.) concluye que la mayor parte de los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos para las próximas elecciones utiliza un vocabulario y una gramática propios de niños (y niñas, sí) entre 12 y 14 años (en el sistema educativo estadounidense, entre 6º y 8º grado). La palma se la lleva Donald Trump, pero resulta curioso que, en general, el uso del lenguaje por parte de los candidatos se ha ido simplificando a medida que la campaña electoral ha ido avanzando. Entre los récords históricos, los autores del estudio señalan que Lincoln, por el lado bueno, era el que utilizaba una gramática más compleja, esa a la que llegan los estudiantes de 17 años, mientras que George Bush tenía un manejo gramatical propio de estudiantes de 10 años. En lo que respecta al vocabulario, la variación del discursos de Trump o Hillary Clinton sugiere que ambos candidatos han tenido muy presente la adaptación de los discursos a sus oyentes. En lo que a gramática se refiere, la puntuación de los candidatos baja a un nivel educativo de entre 10 y 12 años.

Un estudio de estas características no está exento de dificultades: los autores se han basado en un modelo que realiza un análisis comparativo entre la frecuencia de palabras y construcciones gramaticales propias de cada nivel académico y su uso en los discursos de los candidatos (este análisis comparativo permite conclusiones más certeras con respecto a la palabra hablada que otros estudios anteriores, como el realizado por el Boston Globe).

La Retórica, desde Aristóteles a Perelman, pasando por Cicerón y Quintiliano, ya explicaba que los discursos debían de adaptarse a las circunstancias y, por supuesto, a los oyentes. Sin embargo, no deja de ser preocupante que esta adaptación suponga, desde el punto de vista lingüístico, una infantilización que suena –también– a simplificación. Obviamente, un discurso ante una audiencia nutrida a veces puede verse comprometido si es demasiado complejo en palabras y estructuras, pero hablar a los oyentes como a niños de 12 años no deja de ser alarmante. ¿No es posible lanzar un mensaje eficaz y de más altura? Quizás ese “bajón” deliberado de nivel pueda buscar también otras cosas, ciertamente más peligrosas. Que cada uno saque sus propias conclusiones.

Y, de forma inevitable, todo esto nos lleva a preguntarnos qué ocurriría si se hiciese un estudio similar en nuestro país. Hemos tenido una campaña electoral muy reciente y, si nadie lo remedia, puede que nos encontremos con otra campaña dentro de poco. En el fondo, investigar el léxico y la gramática empleados por nuestros políticos nos conduciría a conocer cómo nos quieren tratar y por quién nos toman.

El estudio que mencionamos, “A Readability Analysis of Campaign Speeches from the 2016 US Presidencial Campaign”, es de Elliot Schumacher y Maxine Eskenazi, pertenecientes al “Language Technologies Institute” de la School of Computer Science de la Universidad de Carnegie Mellon, en Estados Unidos. He encontrado y consultado el estudio gracias a esta referencia.

(La imagen es de Gage Skidmore)

Entrada reproducida inicialmente en mi blog VerbaVolant.

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Pero qué mala es la RAE y qué tontos son los académicos, madre mía (sobre almóndigas, murciégalos y toballas)

Posted by on Nov 3, 2015 in Lengua, Lingüística

(Esta entrada ha sido publicada en mi blog personal VerbaVolant. Pese al tono desenfadado, he decidido incluirla también aquí puesto que el tema es perfectamente válido para el debate académico).

He aguantado mucho y creo que no puedo más, así que voy a hablar. Para que no haya ningún malentendido, diré que en muchas ocasiones he sido crítico con el trabajo de la RAE o, mejor dicho, con las estrategias o con las ausencias. Empezando por estas últimas, la tardía y escasa incorporación de las mujeres a los sillones “reales”. Y, en cuanto a las primeras, la estrategia económica de inundarnos con versiones de las obras académicas de una manera más forzada que necesaria o una búsqueda de esponsorización que a veces rodea el vasallaje y conduce a un nada deseado clientelismo (además de las molestas publicidades en la página web, algunos materiales digitales de la RAE solo se pueden consultar si eres usuario de un PC con Windows).

Pero una cosa son verdades incuestionables y otra mentiras que, a base de repetirlas, llegan a asentarse como elementos pertinaces del dogma popular. Una de ellas, muy recurrente, es la de que la RAE “acaba de aceptar palabras como…”. Ayer mismo, en un informativo de Telecinco, Pedro Piqueras nos hablaba de esas rarísimas palabras y un reportero salía a la calle para que los viandantes, llenos de un caudal de conocimiento lingüístico y preocupados como no había visto en mi vida por el estado de salud de nuestro idioma, se alarmasen de que la Academia acabase por rematarlo.

No voy a extenderme porque sería algo muy muy largo. Y me limito a cuestiones que afectan, aunque no solo, al Diccionario, sin mencionar otras que pertenecen a la Ortografía y la Gramática que dejaremos para otra ocasión.

Los viandantes e informantes se escandalizan de que la Academia acepte murciégalo. ¿Qué horror, verdad? Lástima que la palabra “buena”, murciélago, proceda de la espantosa murciégalo. Lástima que en la definición quede muy claro que está en desuso y que pertenece al ámbito vulgar (por lo tanto, no es que “esté bien dicha”, es que quienes la profieren están utilizando un arcaísmo o están utilizando un nivel vulgar de lengua). Lástima también que tengamos como referencia de primera aparición en un diccionario que data de 1607 y que aparezca ya en el Diccionario de Autoridades de 1734. Así que eso de que la RAE “acaba de aceptar la palabra suena a “coña”.

El escándalo continúa con la extrañísima toballa. Otra vez, la etimología nos explica que esta palabra está más cercana a la etimología tobaja, de la que derivó a toballa y luego a toalla. Es tan nueva como para aparecer en la edición del Diccionario de Autoridades de 1739. Y, además, el Diccionario nos avisa de que es una palabra en desuso. Una barbaridad, oigan. Seguro que nos comen los cocodrilos.

El diccionario de la RAE, es cierto, ha evolucionado de un carácter normativo a convertirse en lo que toda obra lexicográfica seria ha de ser, que es un diccionario de uso. No hay ni una sola palabra que empleen los hablantes de este mundo que no exista (o que exista solo porque lo diga una institución). Las palabras, porque existen, son recogidas en los diccionarios. ¿Qué pasa si un alemán oye a un paisano decir almóndiga y quiere saber lo que significa? Es muy sencillo: va al diccionario académico y aquí se le explica que es una palabra que se dice, que se prefiere albóndiga y que el que diga la primera está expresándose de manera vulgar.

Acabemos con otros dos ejemplos. Casi se nos mueren los sufridos españoles cuando se enteraron de la incorporación de amigovio. Saltaron y mordieron preguntándose quién decía eso… olvidándose que el diccionario no es “nuestro” (es decir, de España), sino que es un diccionario depositario de una lengua común en la que “nosotros” somos una pequeña parte. ¿Quién dice amigovio? Pues nada menos que los argentinos, los mexicanos, los paraguayos y los uruguayos. Así, resumiendo, más de ciento cincuenta millones de mortales, que no es “casi” nada. Para escandalizarse más, diré que también acepta el término marinovio, utilizado en Cuba y en Venezuela.

Hay que ser muy tonto, al parecer, para proponer bluyín. ¿Quién en su sano juicio diría esta palabra si todos sabemos que en castellano puro y duro es “pantalón vaquero”? La RAE nos advierte diciendo que es un americanismo. Y, en cuanto a esa adaptación tan horrenda, parece ser la misma del mismo tipo de la que empleamos cuando decimos yogur, champú o espaguetis. Reto a los sabios ciudadanos a que deletreen las palabras originales. El fenómeno de la adaptación es algo normal y natural en la lengua, al menos así lo pienso. Para el que no se lo crea, tiene aquí un gráfico sacado de la magnífica página de Dirae (saquemos un poco pecho y digamos que es una iniciativa privada e individual, mucho mejor que la académica) sobre el uso de bluyín:

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Y podríamos seguir y seguir y seguir. Pero hay una cosa clara: que todos sabemos mucho pero los académicos no saben de nada de nada, oyes.

Entrada de esas en las que Voy a hablar de.

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El esclavo de Hapu. La estrategia publicitaria hace 5.000 años

Posted by on Oct 24, 2015 in Publicidad

AnuncioEsclavoEgipcio

 

En el British Museum podemos encontrar un manuscrito que data del año 3.000 a. C., hallado en Tebas, que pasa por ser el anuncio publicitario más antiguo del mundo.

Cinco mil años después, contemplamos con agrado y una sonrisa la estrategia de publicidad de Hapu, un tejedor que pide a sus conciudadanos tebanos que le ayuden a encontrar a su esclavo Shem. El texto contiene una descripción del esclavo (hijita, cinco pies de altura, complexión robusta, ojos castaños). El reclamo publicitario está al final del texto. Hapu pide que, si encuentran a Shem, lo devuelvan a su tienda, “donde se tejen las más bellas telas al gusto de cada uno”, a cambio de una pieza de oro.

El texto literal es este:

“Habiendo huido el esclavo Shem de su patrono Hapu, el tejedor, éste invita a todos los buenos ciudadanos de Tebas a encontrarle. Es un hitita, de cinco pies de alto, de robusta complexión y ojos castaños; a quien lo devuelva a la tienda de Hapu, el tejedor, donde se tejen las más bellas telas al gusto de cada uno, se le entregará una pieza entera de oro.”

Todo aquel que leía el anuncio recibía el impacto persuasivo desglosado en dos elementos: la ponderación en forma de superlativo (“las más bellas telas”) y la adecuación y conexión con las necesidades del consumidor (“al gusto de cada uno”). Nada más y nada menos.

Fuentes:

  • Arcangeli, M. (2011). Il linguaggio pubblicitario (3a reimp.). Roma: Carocci.
  • Eguizábal, R. (2011). Historia de la publicidad. Madrid: Fragua.
  • Martínez López, T. (2015). La publicidad a través del tiempo. Recuperado 24 de octubre de 2015, a partir de http://www.piensaenmarketing.com/la-publicidad-a-traves-del-tiempo/
  • Zamora, S. (2013). El anuncio más antiguo del mundo. Recuperado 24 de octubre de 2015, a partir de https://salvadorzamora.wordpress.com/2013/11/26/el-anuncio-mas-antiguo-del-mundo/
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Hablemos de los dictados

Posted by on Sep 29, 2015 in Lengua

Homework, by Éktor

Vamos a dedicar unas líneas a hablar de los dictados (y no de los dictados de nuestra conciencia, sino de los dictados en las clases de Lengua).

Hace unos pocos días se nos ha informado de que Francia va a recuperar dos elementos tradicionales en la enseñanza: los dictados y los ejercicios de cálculo mental serán obligatorios en el nivel equivalente a la Educación Primaria. En esta misma noticia se nos recuerda que la LOMCE había recuperado el dictado como elemento indispensable dentro de la práctica educativa.

La práctica del dictado suscita grandes controversias: mientras es saludado por algunos como algo necesario (cuando lancé la noticia el otro día a través de las redes sociales, me sorprendió la acogida favorable que obtuvo por personas muy jóvenes), otras muchas voces sostienen que es una práctica desfasada y que existen otros procedimientos más eficaces para mejorar nuestra capacidad lingüística.

En torno a la eficacia del dictado, conviene subrayar algunos pormenores: no se puede negar que el dictado tenga resultados positivos, tal y como sostiene el neuropsicólogo Álvaro Bilbao,autor de El cerebro del niño explicado a los padres (Barcelona, Plataforma Editorial, 215). En una reciente entrevista concedida a Carles Francino en el programa La Ventana de la Cadena Ser, Bilbao sostiene las bondades del dictado como herramienta para mejorar la atención y la concentración, como elemento para mejorar algunas funciones de la memoria y como instrumento para la mejora de la caligrafía, que tiene beneficios en aspectos psicomotrices. En un tiempo en el que los niños están cada vez más acostumbrados a manejar dispositivos en los que la escritura se corrige, de forma muchas veces dudosa e incorrecta, parece que el dictado conserva esa capacidad de ejercicio y reflexión.

No obstante, debemos destacar algunos elementos normalmente asociados al dictado y que son mucho más difíciles de demostrar.

El primero de ellos es el de la lectura: suele decirse que un dictado favorece el gusto por la lectura. Normalmente, creemos que se asocia el dictado a ese placer lector por una relación de causa-efecto mal entendida: como en las épocas en las que se realizaban de forma habitual dictados en el aula se leía más, suele pensarse que es el dictado la herramienta que ha conseguido ese hábito lector. Sin embargo, es fácil deducir que el abandono de la lectura (y no solo en las personas jóvenes) se debe, por un lado, a una pésima gestión de la enseñanza de la lectura en los colegios (aspecto en el que no nos podemos detener aquí) y, por otro lado, a la innegable presencia e importancia concedida a los elementos audiovisuales.

El segundo es la ortografía. En lo tocante a la ortografía, hemos de subrayar que un dictado nunca enseña a mejorar la ortografía, sino que, a lo sumo, evalúa el nivel ortográfico del que lo realiza. No se tiene mejor ortografía por hacer dictados: se hacen buenos dictados si se tiene buena ortografía. La ortografía está firmemente vinculada a la memoria visual y el sometimiento al ejercicio del dictado, al contrario de lo que suele pensarse, no la hace mejorar de forma significativa: todos conocemos a personas sometidas durante años a ejercicios de dictado que siguieron teniendo una pésima ortografía. La ortografía no se mejora ni haciendo dictados ni leyendo mucho, tal y como suele sostenerse de forma demasiado optimista. La ortografía solo se mejora si logramos que se vinculen las grafías a las palabras y las palabras a las grafías. ¿Son mejores en ortografía aquellos que conocen las reglas? Sabemos que hay muchas personas que conocen las reglas de acentuación pero no las aplican.

Por lo tanto, hay en el dictado beneficios, sin lugar a dudas. Pero hay que saber exactamente qué perseguimos cuando utilizamos un dictado. Si con el dictado queremos conseguir personas más competentes en la ortografía, es mucho mejor que fomentemos, de una vez por todas, los métodos que auténticamente funcionan.

Imagen de Éktor.

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