No tienes que verlo para saber que tienes que verlo – El museo del Louvre

Posted by on Mar 18, 2018 in Lengua, Publicidad, Retórica

La publicidad es un tipo de discurso persuasivo en el que es muy frecuente que se omitan elementos. No es necesario que haya una argumentación completa para que esta llegue al receptor de manera exitosa y eficaz. Esto, que ocurre de modo general en toda la comunicación publicitaria, se consigue plasmar de manera muy inteligente en la campaña realizada por Miami Ad School, una agencia alemana, para el Museo del Louvre.

El lema de la campaña es You don’t have to see it, to know you have to see it (No tienes que verlo para saber que tienes que verlo. Se trata de una bonita paradoja que evidencia que las obras que pueden apreciarse en el Louvre son sobradamente conocidas por el público, por lo que no necesitan ser mostradas más que de forma pixelada en las imágenes de la campaña. Por lo tanto, la campaña se basa en lo que no muestra y todos comprenden: No tienes que verlo [aquí] para verlo [en el Louvre]. Desde el punto de vista cognitivo, entendemos lo que no está por lo que está. O, lo que es lo mismo, es mucho mejor ver la auténtica realidad de lo que ya conocemos que ver una imagen. Sería la elevación por sublimación del Ceci n’est pas un pipe de Magritte (o, visto de una manera más crítica, su reducción al absurdo).

Para juzgar si este reconocimiento es completo por parte de todos los receptores, dejo, además de la Mona Lisa que encabeza la entrada, las imágenes del Juramento de los Horacios,  La Libertad guiando al pueblo y La balsa de la Medusa. Basta con que pinchéis sobre cada imagen.

 

La información sobre esta campaña me llegó a través de la web Ads of the World.

Esta entrada, publicada primero en ScriptaManent, aparecerá también en mi blog personal, VerbaVolant.

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Porcentajes e interpretaciones en la prensa escrita. A propósito de un titular sobre la Universidad de Burgos

Posted by on Mar 14, 2018 in Lengua, Periodismo

Esta mañana, me ha llamado la atención un titular del Diario de Burgos en su edición impresa. Aparecía ya como avance en portada:

La UBU atrae solo a 25 extranjeros de 800 docentes e investigadores en plantilla.

Desde luego, no es en dato halagüeño: el adverbio solo nos señala un dato del que se desprende un porcentaje bastante negativo. Las universidades deberían ser instituciones en las que se premia la excelencia y que deberían atraer a los mejores profesionales, sean de donde sean. Porque de ese solo también deducimos que es un número pequeño y que, para que las cosas funcionen mejor, tendría que haber muchos más. No es que los mejores sean los docentes e investigadores extranjeros, sino que es más fácil encontrar a los mejores si, en vez de sumar un personal de procedencia únicamente española, sumamos a los interesados de otras nacionalidades.

En la página seis, aparece ya la noticia desarrollada. Veamos el titular:

Se repite el titular del avance en portada, pero se añade una información que la precisa:

Suponen un 3 % del total, un punto por encima de la media nacional.

[Ccorrijo el original, ya que entre el número y el símbolo del porcentaje hay que dejar un espacio fino: OLE10, p. 590]

Creo que no hay un planteamiento correcto a la hora de redactar ese titular. Si leemos este titular por sí solo, interpretamos que la UBU tiene a muy pocos docentes e investigadores extranjeros. Este hecho, siendo cierto, conduce a contrastar esa escasez  en la Universidad de Burgos  con un número supuestamente mayor en otro sitio (el lector está empujado, por la teoría pragmática de la relevancia, a pensar que en otras universidades españolas). El dato añadido “un punto por encima de la media nacional” hace que el lector pueda sentirse extrañado, dado que un titular más optimista y realista (aunque, ciertamente, no un consuelo para la salud de nuestra querida institución), sería (por muy triste que sea el dato en sí):

“La UBU cuenta con más docentes e investigadores extranjeros que la media de las universidades españolas”.

O, en todo caso, un titular realista y negativo para todos:

“Las universidades españolas atraen solo al 2 % de docentes e investigadores extranjeros”.

O, también, uno negativo más general:

“Las universidades españolas cuentan con muchos menos investigadores y docentes extranjeros que las universidades europeas”.

Insisto: el dato puede ser negativo, pero no lo es para la UBU en su justa comparación con el resto de universidades: el dato particular no puede emborronar el aserto general, que es el válido en este caso.

El desarrollo de la noticia explica muy bien a qué se debe esta circunstancia en todas las universidades españolas, pero eso ya es una cuestión de política educativa universitaria y no una cuestión comunicativa. El sistema de acceso a la docencia universitaria en España cuenta con un sistema de acreditación que no facilita nada las cosas para la incorporación de personal extranjero… y tampoco para una sana promoción de los investigadores y jóvenes promesas españolas. En efecto, nuestro país cuenta con un pésimo sistema de acceso a la función docente, que invade nuestros centros superiores de trabajadores precarios en forma de una figura de profesorado asociado perversamente entendida. De eso (quizás) tendremos que hablar otro día.

Un pequeño apunte para acabar: la redactora del Diario de Burgos escribe con gran corrección el adverbio solo. Para aquellos persistentes que defienden a ultranza el uso de solo como adverbio con tilde, les recomiendo la lectura atenta del artículo de Salvador Gutiérrez Ordóñez “Sobre la tilde en solo y en los demostrativos”, aparecido 2016 en el BRAE. De esto, con toda seguridad, hablaremos otro día.

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Hablemos de nuevo sobre las “almóndigas”

Posted by on Mar 11, 2018 in Lengua, Lingüística

Hace ya tiempo, hablé sobre murciégalos, almóndigas y toballas, pero parece que los lingüistas predicamos en el desierto y que muchos prefieren un prejuicio bien asumido o un bulo por internet difundido por doquier que una realidad. Vaya por delante que me encanta que la lengua sea objeto de conversación. De algún modo, demuestra que apreciamos y valoramos nuestra forma de comunicarnos con los demás.

Hablo de nuevo sobre almóndigas, pero a través del interesantísimo artículo de Lola Pons en El País titulado “Toda la verdad sobre almóndiga”. O, mejor, no hablo sobre almóndigas porque Lola Pons lo explica tan acertadamente que lo más recomendable es que leáis el artículo poniéndole en el contexto de los cambios de b/v hacia que han experimentado otras palabras. Para los que andan despistados, respecto a la almóndiga y la RAE, digámoslo de forma telegráfica: sí, es cierto que almóndiga aparece en el DLE. No, no es cierto que la RAE “acaba de” admitir, en un delirio apocalíptico, esta palabra junto con otras palabras “horripilantes” como cocreta (que, por si los amantes de los bulos no lo sabían, no aparece en este diccionario). Y recordemos que, cuando aparece almóndiga en el DLE, podemos comprobar, por un lado, que se remite a la palabra culta albóndiga (la fetén, para los puristas) y que el horror de internet viene con marcas de vulgar y desusada.

Conviene aquí tener en cuenta lo que nos dice Lola Pons sobre un aspecto más general que saca la cosa (y la palabra) de la anécdota para ofrecer un marco de reflexión mucho más necesaria: para que una palabra aparezca en el diccionario no es necesario que sea “la buena”, sino que también están registradas las que se usan por otras circunstancias en una determinada zona, en un determinado registro, en un determinado “nivel” de lengua. Como dice la profesora Pons, quitar determinado tipo de palabras no tiene ningún sentido porque estaríamos ignorando que una lengua es heterogénea: “En cierta medida el diccionario es cementerio, es barrio rojo y es descampado: recoge palabras muertas, palabras marcadas como poco apropiadas para según qué contextos y palabras que solo usan una parte de los que hablamos español”, dice Pons.

Como nos recuerda la lingüista y colaboradora de prensa Elena Álvarez Mellado en su artículo “El mito de las palabras que no están en la RAE”: “Las palabras no pertenecen a la RAE ni a los diccionarios, pertenecen a los hablantes. Los hablantes crean, producen, inventan palabras, y los diccionarios las recogen. Nunca al revés. Todas las palabras que aparecen hoy en el diccionario fueron acuñadas en algún momento y estuvieron fuera. Aun así, tenemos tan interiorizada la idea de que es el diccionario el que crea la lengua que decimos alegremente que una palabra no existe cuando no la encontramos en el diccionario”. Teniendo en cuenta, por cierto, que hay mundos y palabras y diccionarios más allá de la RAE.

Y, como concluye el artículo, sorprende que haya una tendencia social para que el diccionario sea un elemento sancionador de la verdad y la corrección y no un notario de lo que existe en otros lugares y en otros barrios, en otras comunidades. Y, sobre todo, “tanto discutir entre estas dos variantes nos está alejando del asunto principal que España debe dirimir: ¿en qué bar de este país sirven las mejores albóndigas?”.

Aprovecho para recomendar la lectura de las colaboraciones en prensa de Lola Pons (en Twitter, @Nosolodeyod) y de Elena Álvarez Mellado (@lirondos en Twitter). Y finalizo con una pequeña apuesta: ¿qué nos jugamos a que muchas de mis amistades en las redes sociales (apuesto 20 a 1 en Facebook) comentan algo sobre almóndigas sin haber leído estas líneas accidentales ni las esenciales de Pons?

(Este artículo aparece inicialmente en ScriptaManent).

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La coma del vocativo. De una vez por todas

Posted by on Mar 7, 2018 in Lengua, Lingüística

Como nos recuerda la OLE10 (la Ortografía de la lengua española de 2010):

“Se llama vocativo a la palabra o grupo de palabras que se refieren al interlocutor y se emplean para llamarlo o dirigirse a él de forma explícita”

Ejemplos:

¿Me escuchas, cariño?

¿Puede atenderme el jueves por la tarde, doctora Fernández?

Hola, Pedro.

Esta situación, queridas compañeras, no se puede mantener durante mucho más tiempo.

Sí, señor.

A sus órdenes, mi comandante.

¿Vas a venir al cine, Montse?

¿Montse, vas a venir al cine?

 

Hace unos días, escribí un tuit a raíz de un vocativo mal empleado en el diario El Mundo:

El error fue corregido al poco tiempo en la edición digital del diario (sin darme siquiera las gracias), pero es un ejemplo claro de que es necesario separar el vocativo por una coma. Obviamente, no es lo mismo “Esther, te toca” que “Esther te toca”. Esto no es un capricho, sino una manifestación de algo evidente: como nos recuerda la OLE10, cuando una expresión nominal funciona como vocativo, se pronuncian como átona. En los ejemplos de esta obra, en “Puede irse, capitán Ochoa” se pronuncia [kapitanochóa] (adviértase que en esta obra no se hace una transcripción fonética pura, sino simplificada). Sin embargo, cuando decimos el capitán Ochoa la palabra capitán recupera su tonicidad: [elkapitán ochóa].

En otro lugar de la obra, se nos recuerda que la puntuación segmenta el discurso y ayuda a establecer claramente las funciones gramaticales y las relaciones sintácticas que existen entre ellos. Como en el ejemplo de Twitter, es clara la diferencia entre:

Eugenia escucha con atención.

Eugenia, escucha con atención.

 

Alberto escribe bien.

Alberto, escribe bien.

Por lo tanto, cuando nos dirigimos al interlocutor de forma explícita, es necesario poner una coma. La OLE10 lo afirma de manera tajante: “los vocativos se escriben siempre entre comas, incluso cuando los enunciados son muy breves”.

Últimamente, parece que esa coma del vocativo ha desaparecido del mapa. Y no solo en contextos más coloquiales o cotidianos, sino en el mundo académico, tanto en correspondencia por correo electrónico (casi nunca un “Hola, compañero” sino *”Hola compañera) como en contextos escritos aún más formales. El vicio se ha extendido tanto que aparece ya incluso en escritos de corte institucional.

La ortografía es una convención que pertenece a una comunidad y es conveniente que, mientras la norma no cambie, las personas cultas la respeten.

Bibliografía:

Asociación de Academias de la Lengua Española. (2010). Ortografía de la lengua española. Madrid: Espasa-Calpe.

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¿A qué sabe el color amarillo? ¿Cómo suena el número tres? La sinestesia

Posted by on Mar 6, 2018 in Lingüística, Literatura

Los estudiantes del ámbito de las Humanidades conocen perfectamente el concepto de sinestesia como la relación de un término con otro procedente de un sentido diferente al primero (también se relacionan términos referentes a lo sensorial con sentimientos o cuestiones abstractas). Cuando Juan Ramón Jiménez dice “Es de oro el silencio, la tarde es de cristales”, está relacionando, en el primer caso, el silencio, término que, en todo caso, estaría vinculado a la ausencia de sonido (sentido del oído), con el oro, que podríamos adscribir al sentido de la vista; y, en el segundo caso, se relaciona la tarde con los cristales, término que podría adscribirse al sentido de la vista (o del oído, si pensamos en su sonido).

Sin embargo, suele ser menos conocido el fenómeno neurológico de la sinestesia:  “La sinestesia es un fenómeno neurológico caracterizado por la activación simultánea de dos sistemas (o atributos) sensoriales, uno de los cuales no ha sido estimulado directamente. Dicha activación se produce de una forma involuntaria, automática y consistente a lo largo del tiempo” (acceso al artículo aquí).

Miguel Ángel Criado escribe un artículo muy interesante en El País sobre la base genética de este fenómeno. Como hemos sugerido en el título de esta entrada, los sinestésicos pueden asociar las letras con colores o es posible también que asocien un sabor a una palabra. No puede negarse que esta alteración, vista con ojos de una persona de letras, tiene asimismo grandes dosis de poesía.

Es posible, según los estudios, que los niños nazcan con sinestesia y la vayan perdiendo a medida que van creciendo. Al parecer, son frecuentes en los niños las conexiones entre sonido y visión o que las palabras evoquen ciertos colores. Como sostiene el artículo, algunos niños, por razones genéticas, conservan la sinestesia y otros la pierden.

En todo caso, nosotros siempre tenemos la creación poética para recordarnos esas asociaciones que, pareciendo extrañas, son básicas y se sumergen en nuestro cerebro de niños.

Actualización:

Las casualidades son así: justo ayer, en Microsiervos, Wicho escribió sobre la sinestesia como condición neurológica y añadió un enlace al vídeo de Lola, una mujer que padece sinestesia léxico-gustativa. Como se señala en la entrada, Lola dice maravillas como estas:

Como siempre me ha pasado, no sé lo que es que las palabras no te sepan.

La poesía me sabe muchísimo. Es un motivo más para que yo aprecie la literatura.

El vídeo es este:

 

Criado, M. Á. (2018, March 6). Tras los genes del sabor amarillo o las ecuaciones coloreadas: así funciona la sinestesia. El País.

Recordemos que en el segundo episodio de la cuarta temporada de House una piloto de las fuerzas aéreas que quiere ser astronauta sufre ese trastorno.

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El logo de Lacoste puede no ser un cocodrilo

Posted by on Mar 5, 2018 in Publicidad

 

Lacoste empieza una campaña para ayudar a las especies animales en peligro de extinción. Diez animales en peligro de extinción sustituirán al logo tradicional de la marca. El número de polos con el logo del animal en cuestión se ha limitado a 1775, que son el número de individuos de esa especie en peligro. Parece que la campaña ha tenido éxito, porque se han agotado al poco tiempo.

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