ALVINE VIVIENDO LA NAVIDAD
Me llamo Alvine y soy de Ngaondéré, una ciudad de Camerún. Soy una niña huérfana. Mis padres murieron de sida y mis tíos en un ataque terroristas. Tengo que cuidar a mis dos hermanos pequeños que se llaman Edwide y Dylan.
Una familia de Burgos nos ha acogido en su casa para pasar unos días durante la Navidad. Cuando llegamos, nos sorprendimos de la casa que tenían: era enorme. Nos sorprendimos muchísimo al ver que en nuestra habitación había unas camas grandes y estanterías con unos juguetes preciosos. Yo me quedé helada al llegar a este país, pues en Camerún hace mucho calor, pero rápidamente nos dieron un abrigo a mí y a mis hermanos para que no tuviésemos frío. Nos hicieron la cena. Nos maravillamos de que nos estuvieran haciendo comida: ya habíamos comido por la mañana. Nos enseñaron a abrir el grifo y… ¡qué sorpresa! ¡salía agua!
El día 23 de diciembre les ayudamos a poner un árbol y unas figuras en una mesa. Me explicaron que era el Belén y que simbolizaba la Navidad. Durante la noche del 23 al 24, empezaron a caer del cielo unos copos blancos. Nevaba muchísimo y, al despertarnos, vimos una capa blanca en la calle y no sabíamos lo que era, nos lo explicaron y fuimos rápidamente a jugar con ella. ¡Qué frías se nos quedaron las manos, pero qué calientes estaban nuestros corazones!
El día 24 por la noche vino muchísima gente a casa. También vinieron los hijos de los amigos de mis padres adoptivos. Nos quedamos boquiabiertos y no nos atrevimos a jugar con los niños hasta que ya perdimos el miedo y empezamos a jugar. La noche se nos hizo muy corta, porque nos tuvimos que ir a dormir cuando se fue todo el mundo.
El día 25 fue también de celebraciones. Llevaron una bandeja con pedacitos de turrón. A mis hermanos no les gustó, pero a mí sí. Después comimos polvorones. Me quedé alucinada con lo ricos que estaban y, más tarde, volvimos a jugar con la nieve con unos niños muy, muy majos
El día 31 fuimos a casa del hermano de mi padre de acogida. También también tenía 2 hijos y ahí tomamos unas frutas pequeñas y redonditas llamadas uvas. Dicen que traían suerte, pero yo pensaba que no podía haber más suerte que la que teníamos nosotros en estos momentos. Las uvas se tomaban mientras tocaban las campanas. Era una cosa un poco rara, porque todo el mundo las comía muy concentrados y serios, aunque alguno se atragantaba. Después de esto vino una gran fiesta con globos. Nos lo pasamos genial. Después jugamos en el jardín a una cosa llamada bote-botero. Lo peor de la fiesta fue irnos a casa en coche deslizándonos por el hielo cuando frenaba.
La noche del día 5 fuimos a la cabalgata. Era todo un espectáculo. Había mucha gente desfilando, como en los días de fiesta. Circulaban unos coches enormes adornados de fantasía llamados carrozas. También pasaron unos señores enormes. Medían, por lo menos tres metros. Luego tiraban también montones y montones de caramelos.
El día 6 de enero es el día de los Reyes Magos. Al despertarnos, había debajo del árbol unos regalos enormes. Los fuimos a abrir y me encontré con una casa de muñecas. En los regalos de mis hermanos había unos clics y un camión de bomberos. Fuimos a casa de mis abuelos adoptivos y también tenían regalos. Para mí había una bici y me quedé estupefacta. Me dijeron que ya me ayudarían a montar en ella y también había un caballo de madera. Me explicaron que lo habían traído los Reyes Magos, unas personas que llevaban regalos a Jesús y llevan los regalos a los niños de España. Fuimos por la calle y nos sorprendimos al ver tantas luces y tantos coches. Las carreteras no son como las de Camerún, en las que hay mucho polvo. En España las carreteras están llenas de unas piedras negras muy prietas que llaman asfalto. Estuvimos jugando todo el día con nuestros nuevos y únicos juguetes. Yo sólo había tenido una pelota de colores gracias a una niña de Gran Bretaña.
Los días 7, 8 y 9 no paramos de jugar. No podíamos separarnos de nuestros juguetes.
El día 10 se suponía que teníamos que ir a Camerún pero nuestros padres de acogida nos dijeron que nos íbamos a quedar allí para siempre. Ese mismo día fuimos a un edificio enorme. Era un colegio, pero muy distinto del colegio en el que habíamos estado en Camerún, que era una habitación de madera con muebles muy viejos. A nosotros nos gustó. Los primeros días, unos niños nos insultaban. Pero la mayor parte de ellos estaban encantados de nosotros y nosotros de ellos.